martes, 17 de enero de 2012

Un buen padre también comete errores

POR LUIS SEPÚLVEDA

La relación de un hombre con sus hijos se establece a través de códigos secretos. Son relaciones profundas que por un falso pudor masculino suelen tener más gestos que palabras.


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CAMINATA. Luis y su hija Paulina.

07/01/12 - 02:59


Tengo seis hijos, cinco chicos y una chica, todos adultos, me han hecho abuelo cinco veces y, cuando consigo reunir a toda la parentela en torno a la mesa, me gusta que me llamen “viejo”.

–¿Qué vino abro, viejo?– suele preguntar el mayor, Carlos, que nació en Chile y junto a su madre recuperada del infierno de Villa Grimaldi salió a la no-patria del exilio. Tenía apenas nueve años, el recuerdo de un padre en la cárcel primero y más tarde en países de nombres extraños, un atado de cartas y una figurita protectora del capitán Hans Solo.

Yo no estaba junto a él cuando a su madre la sacaron a golpes de la casa, con una capucha negra cubriendo la cabeza, y tampoco lo llevé de la mano hasta el avión de siglas escandinavas que lo alejó para siempre de Chile. Pero nunca me cobró esa falta y, cuando hace nueve años, puso en mis brazos el pequeño cuerpo de Daniel, mi primer nieto, con su –te quiero, viejo– me dijo que todo estaba en orden entre nosotros.

–Abre el mejor vino, Carlitos– le respondo.

Mientras el resto de los hijos, nietos, nietas, nueras y yerno se afanan poniendo la mesa o preparando las ensaladas y los postres yo sonrío desde la parrilla, porque el asado es asunto del “viejo”, y me enternece saber que vienen de lejos; unos desde Suecia, otros de Alemania, la hija de Ecuador. Me divierten sus consultas culinarias en sueco y español, en alemán y español, en inglés y español, y el humo de las grasitas cayendo sobre las brasas me huele al mejor cosmopolitismo, a la mejor manera de ser, y entonces pienso en mi viejo, en cuánto le habría gustado estar aquí.

De pronto sé que mi viejo está ahí, conmigo, porque pegado a él aprendí la alquimia del asado en el patio luminoso y lejano de una casa de Santiago que ya no existe más que en mi memoria.

Me gustaba verlo encender el fuego, los dos en el patio y con la radio encendida, escuchando la trasmisión directa desde el hipódromo Chile. Muchas veces me pregunto si he sido un buen padre, y la respuesta es que no lo sé. Supongo que mi viejo se habrá hecho también la misma pregunta, y yo sí sé que fue un buen padre, a su manera, aunque para muchos de la familia era la peor manera. No recuerdo de él ni un soloarranque de autoritarismo sino más bien lo contrario, porque era tímido y casi pedía permiso antes de soltar lo que tenía que decir.

A veces mi viejo esperaba a que mi madre, un monumento a la paciencia, mi hermano y yo termináramos el postre, y decía:

–En la puerta dejé esperando un muchacho, un buen chico, un poco castigado, y de eso quería hablarles.

Entonces iba hasta la puerta y regresaba en compañía de un tipo de aspecto fuerte y al que le habían desparramado la cara a golpes. Lo presentaba como “El Lobo de San Pablo”, un boxeador en desgracia de los muchos que frecuentaban el México Boxing Club de la calle San Pablo, y nosotros nos enterábamos que aquel hombre representaba todas las esperanzas posibles porque tenía pasta de campeón, y mi viejo era su flamante apoderado. Tuvo varios pupilos, de categorías diferentes, ninguno fue jamás campeón. En eso me parezco a mi viejo; yo también perdí todos los combates.

–Pero subió al ring y eso es lo que importa– respondía mi viejo cuando mi madre le recordaba el último fracaso. Y así es, viejo, también subí al ring, y eso es lo único que importa.

–Viejo, ¿le pongo unas gotitas de limón a la palta?– pregunta mi hijo León, que nació en Hamburgo, y que de puro cariño a mí, a su viejo, vino a España a perfeccionar su español en la universidad de Oviedo. Sé que me quiere y sé que le he fallado, porque le robé horas de infancia, horas sagradas en las que debimos estar juntos fabricando barriletes o haciendo barra al Sankt Pauli F.C. en el estadio del barrio. ¿Qué diablos hacía yo entonces como corresponsal en Angola, Mozambique, Cabo Verde, El Salvador?, si lo que más quería era estar con él, con su hermano gemelo Max, y con Sebastián, mis tres hijos hamburgueños.

Mi viejo también se iba a veces. Ahora sé que padecía depresiones, que todos los sueños rotos se le venían encima y entonces se aislaba del mundo en el espacio reducido que ocupaba la radio, con la cabeza inclinada igual que el perrito de la RCA Víctor, escuchando sus tangos que lo llevaban al infierno de una nostalgia atroz e inútil, o las emisiones en español de radio Neederland que tal vez lo hacían sentir protagonista de los viajes que nunca hizo.

–¿Qué te pasa, viejo?– le pregunté muchas veces, y su respuesta era una caricia el tiempo que decía:

–Nada, hijo, estoy triste, eso es todo, pero no me pasa nada.

–Huele rico–, dice mi hija Paulina, y me abraza pegando su cabeza a mi pecho y yo sé que su amor se torna fuerte cuando los latidos de mi corazón me acusan, porque también le fallé y en lugar de estar donde quería, el parque de juegos de Iñaquito, fue más fuerte el deseo de subir al ring en Nicaragua.

Una vez, cuando mi hija ya era adulta, le conté que en medio de los tiroteos algunos besaban una estampita con la imagen de un santo, pero yo besaba una fotografía en blanco y negro que la mostraba risueña, en mis brazos, y me juraba a mí mismo que si salía vivo de ahí recuperaríamos todo el tiempo que le robé.

La peor certidumbre es aquella que nos muestra lo irremediable.

Sé que mis hijos sintieron mi ausencia a la salida de la escuela, cuando llovía y los padres de sus compañeros los esperaban con los paraguas abiertos, con el coche calientito, con un pastel en la mano. Yo sentí la ausencia de mi viejo cuando, tras anunciarlo tímidamente, se largaba siguiendo una vocación de comerciante condenado al fracaso. Durante meses no llegaban cartas y entonces sabíamos que la crianza de vacas en la Patagonia se había ido el carajo, que el corral de caballos pura sangre se había incendiado, que el restaurante se lo habían robado los socios, que le habían crecido los enanos. Pero al regresar, siempre sin ningún aviso, salvo los suspiros de mi madre, contaba sus fracasos como si fueran los mejores chistes y, así, cortando rebanadas de salame exclamaba:

–Y pensar que este pingo tan sabroso estaba destinado a ganar el Derby de Kenntucky. Entonces yo lo quería con furia, olvidaba su ausencia y descubría que ningún amigo del barrio tenía un viejo tan macanudo como el mío.

–¿Y si probamos una puntita?– dice mi hija, y yo corto una tirita dorada de carne que se lleva a la boca suspirando. Se acerca también mi nieta Camila, el terror de las librerías de Quito pues no perdona que mis libros no estén en lugares destacados, y yo sé que muy pronto tendré también a mi lado a Valentina, que acaba de nacer hace dos semanas.

También mi madre, que recién falleció, se acercaba a mi viejo cuando éste declaraba que ya faltaba muy poco para llevar el asado a la mesa. Yo lo miraba cortar y ofrecer a su mujer la tirita de carne, a esa mujer que se bancaba sus ausencias y los altibajos, más bajos que altos, de su pasión comercial, o sus fracasos de burrero dueño de caballos a los que daban las llaves para cerrar el hipódromo. Esa mujer era su fuerza. Lo descubrí tarde y creo que ninguno de ellos lo supo a tiempo. Mi madre era tesón, firmeza y llevaba las riendas de la casa. Mi viejo era un puñado de sueños lindos que hacían menos triste la vida.

¿He sido un buen padre, o simplemente un padre sin adjetivos? No lo sé. Y mientras Max se acerca y me dice que el computador está funcionado rápido y libre de lastres, porque Max es el genio de la familia en este rubro y tras cada visita suya todo lo electrónico queda mejor que recién comprado, pienso que por él y sus hermanos aprendí lo más difícil de la lengua alemana: la capacidad de prodigar ternura y establecer complicidades de amor. Al regresar de cada viaje a África, antes de volver a nuestra casa de Hamburgo me quedaba una noche en un hotel de Frankfurt para limpiarme, para quitarme todo el olor a muerte, a corrupción, a mentira, a desmoronamiento de los mitos que siempre se pegó a la piel de los corresponsales de guerra como un tatuaje del “territorio comanche”. Recién entonces me atrevía a abrir la puerta de nuestra casa, besar a mi mujer, y abrazar a mis hijos. En el hotel de Frankfurt se quedaban también el español y el portugués, y la lengua alemana era un fuente de ternura recíproca que nos mantenía a salvo, porque en la década de los ochenta solían llegar a casa algunos compañeros de rostros compungidos, y sentados en la cocina soltaban el “mataron a Roberto, lo degollaron”, y mis hijos, a salvo del horror, adivinaban sin embargo mi tristeza y me pedían que les contara una nueva aventura del pirata del Elba, o del gran jefe culo rojo, un cacique sioux que eliminaba a sus enemigos a pedos.

Antes de retirar la carne de la parrilla se acerca Jorge con su cámara fotográfica, desde pequeño quiso ser fotógrafo y lo va consiguiendo. No soy el padre biológico de Jorge, pero sus hermanos siempre le hicieron sentir que era uno más del equipo, con iguales deberes y derechos.

–Viejo, ponte más cerca para que salga también el humo– me ordena, y yo le respondo si se cree Daniel Mordzinski o Cartier Bresson, pero poso para él con mi mejor cara de parrillero.

Mi viejo volvía de sus idas reales o autistas y, al hacerlo, llegaba el momento de oír sus historias de horror ingenuo. Mi hermano y yo nos sentábamos junto a él y entonces empezaba a hilar cuentos que, no sé si los habrá leído en alguna parte, pero que eran protagonizados por un único personaje, La Mortaja, algo así como un zombi al que siempre engañaban los mortales.

Ahora es Sebastián el que me acompaña. Con su video cámara registra los movimientos de poner brasitas en el braserito y sobre él las carnes doradas y fragantes. Siempre quiso ser camarógrafo y lo consiguió. Cuando estudiaba en la escuela de cine de Munich acepté como una novedad que me mostrara las películas de Einsenstein o de Fritz Lang.Todos mis hijos son mis favoritos, pero con Sebastián nos une algo intangible y cuya razón está en que, tras su nacimiento, tomé un año del permiso pos natal al que también teníamos derecho los hombres en Alemania. Su madre siguió trabajando y el chico vivió pegado a mi pecho en una bolsita canguro que se ponía como una mochila pero al revés. Cada cuatro horas salíamos rumbo a la clínica donde trabajaba su madre para que mamara, hacíamos las compras, retirábamos o devolvíamos libros a la biblioteca del barrio y, al hacerlo, recordaba el olor a tabaco de mi viejo cuando me abrazaba en las frías tardes de esos inviernos y de ese Santiago ya irremediablemente perdidos.

No sé si he sido un buen padre, pero sé que he disfrutado de cada segundo junto a mis hijos, pero también sé que debí pasar mucho más tiempo junto a ellos. No sé si siempre he sido justo, pero ellos sí que lo han sido.

Mi hijo Carlos es músico, en una gira mundial con su grupo, Psycore, en el momento en que las adolescentes gritaban y lloraban porque Carlos “Kalle” Sepúlveda, el único no nacido en Suecia del grupo, entregaba los toques finales de su solo de guitarra, de pronto se detenía, levantaba el instrumento y gritaba: ¡Esta guitarra me la dio mi viejo! Y continuaba tocando, llenando el escenario con sus notas prolongadas y su aspecto feroz de líder del grupo de rock más heavy de Escandinavia.

Vi en MTV esa actuación de su grupo, y mientras lo hacía regresé a una tarde en Hamburgo y me vi entrando en Stenway & Sohn, la mejor casa de música, y saliendo con la Fander Stratocaster que todavía suena en sus manos, aunque hayan pasado ya más de veinte años. Y fui mucho más atrás, porque vi a mi viejo saliendo de una librería de Santiago con una estilográfica “centenario” que me entregó con un simple “ sé que te gusta escribir”.

El amor de los hijos llega de diferentes maneras; a veces tiene la forma de fotocopia de un diploma, como el de Paulina, de recién egresada de la facultad de Periodismo, o de un mameluco color naranja (modelo Guantánamo dijo Max) que destacaba entre varios mamelucos blancos en una feria del automóvil de Barcelona. En todos los mamelucos blancos se leía la palabra Siemens, pero en el naranja ponía: “Max Sepúlveda Team Cheff”, o de esos bultitos frágiles que recibo tragándome las lágrimas mientras me dicen: es tu nieto Daniel, es tu nieto Gabriel, es tu nieta Camila, es tu nieta Valentina, es tu nieta Aurora.

Por fin estamos todos sentados junto a la mesa fragante, Carlos sirve vino, Sebastián lo prueba y exclama que está buenísimo, Paulina ofrece ensaladas, Jorge corta pan, Max y León reparten las carnes intentando ser ecuánimes, los nietos y nietas exigen costillitas, las nueras y el yerno les ayudan a cortar, y Pelusa, mi mujer, mi compañera que me conoce más que yo mismo, me toma una mano y dice: son tus hijos, Lucho. Son tus hijos.

De mi viejo tengo; una fotografía junto a mi madre y una cajetilla de cigarrillos Monarch que tenía en los bolsillos al morir. ¿Y el recuerdo? Sí, también, pero no me pertenece del todo porque se va diluyendo y aparece a ramalazos, de manera aleatoria, y a veces dudo y me pregunto si el viejo fue realmente así, o si son los mecanismos salvadores de la memoria que siempre recuerdan lo mejor.

¿Cómo me ven en realidad mis hijos? En una ocasión, León me preguntó cómo era su abuelo y lo único que pude responder fue: un viejo lindo. ¿Qué responderán cuando sus hijos les pregunten cómo era yo?

Carlos, con la boca llena de jugo exclama que el asado está mejor que nunca.

–Te quedó rico, viejo– apoya cualquiera, y Sebastián golpea su copa con el tenedor pidiendo un brindis.

–¡ Por el viejo! – y todos levantan sus copas.

Entonces le pido a la vida que permita por muchos años que el asado siga siendo asunto mío, que sea asunto del viejo convocar a los hijos y nietos a la mesa familiar.

No sé si soy, si he sido un buen padre. Pero sé del cariño de mis hijos y que he tratado de ser un amigo con el que siempre podrán contar, un compañero para todo lo que venga. Y con eso estoy en paz.

Luis Sepúlveda. Periodista y escritor chileno, reside en España. Autor “De la sombra de lo que fuimos” y “La lámpara de Aladino”.

MUNDO

EGIPTO


Prohíben en Egipto “pruebas de virginidad” a las mujeres

EL CAIRO. AP Y AFP - 28/12/11

La Justicia de Egipto ordenó ayer a los gobernantes militares del país q ue suspendan la aplicación de “pruebas de virginidad” a las mujeres, una práctica que se hizo pública con los casos de detenidas en marchas de protesta, abusadas por miembros del servicio penitenciario.

Las acusaciones por estos exámenes surgieron por primera vez tras una protesta en la plaza Tahrir de El Cairo el 9 de marzo cuando el ejército despejó la plaza por la fuerza. El grupo Human Rights Watch informó que esa tarde 18 mujeres fueron detenidas, golpeadas y sometidas a descargas eléctricas. De ese total,17 sufrieron registros corporales sin ropa y “pruebas de virginidad” forzadas, además de ser amenazadas con cargos de prostitución.

Las mujeres que denunciaron “pruebas virginales” relataron que las detuvieron y las llevaron a celdas donde hombres las rodeaban y las palpaban en su partes íntimas. También algunas contaron que fueron golpeadas y fotografiadas.

“Los militares trataron de humillar aún más a las mujeres al permitir que unos hombres las observaran y fotografiaran lo que sucedía, con la amenaza del daño q ue podrían sufrir esas mujeres si las fotos se hacían públicas ”.

Una de las víctimas que inició la causa por los abusos relató ante Amnistía Internacional que, cuando los penitenciarios determinaron que no era virgen, decidieron pasarla a una celda donde estaban encerradas otras mujeres acusadas de prostitutas.

“El fallo tiene una importancia enorme no sólo porque llega después de escenas de agresión sexual y golpizas a mujeres por parte de las tropas militares, sino porque es la primera vez que una corte civil reconoció y criticó abusos de los militares”, dijo Heba Morayef, investigadora sobre Egipto en Human Rights Watch.

Smile or Die: How Positive Thinking Fooled America and the World by Barbara Ehrenreich

Jenni Murray salutes a long-overdue demolition of the suggestion that positive thinking is the answer to all our problems



playtex moonwalk
Some of the 15,000 participants in the 2005 Playtex Moonwalk around Hyde Park, London, to raise money for the breast cancer charity Walk the Walk. Photograph: onEdition

Every so often a book appears that so chimes with your own thinking, yet flies so spectacularly in the face of fashionable philosophy, that it comes as a profoundly reassuring relief. After reading Barbara Ehrenreich's Smile or Die: How Positive Thinking Fooled America and the World, I feel as if I can wallow in grief, gloom, disappointment or whatever negative emotion comes naturally without worrying that I've become that frightful stereotype, the curmudgeonly, grumpy old woman. Instead, I can be merely human: someone who doesn't have to convince herself that every rejection or disaster is a golden opportunity to "move on" in an upbeat manner.

Ehrenreich came to her critique of the multi-billion-dollar positive-thinking industry – a swamp of books, DVDs, life coaches, executive coaches and motivational speakers – in similar misery-making circumstances to those I experienced. She was diagnosed with breast cancer and, like me, found herself increasingly disturbed by the martial parlance and "pink" culture that has come to surround the disease. My response when confronted with the "positive attitude will help you battle and survive this experience" brigade was to rail against the use of militaristic vocabulary and ask how miserable the optimism of the "survivor" would make the poor woman who was dying from her breast cancer. It seemed to me that an "invasion" of cancer cells was a pure lottery. No one knows the cause. As Ehrenreich says: "I had no known risk factors, there was no breast cancer in the family, I'd had my babies relatively young and nursed them both. I ate right, drank sparingly, worked out, and, besides, my breasts were so small that I figured a lump or two would improve my figure." (Mercifully, she hasn't lost her sense of humour.)

I had long suspected that improved survival rates for women who had breast cancer had absolutely nothing to do with the "power" of positive thinking. For women diagnosed between 2001 and 2006, 82% were expected to survive for five years, compared with only 52% diagnosed 30 years earlier. The figures can be directly related to improved detection, better surgical techniques, a greater understanding of the different types of breast cancer and the development of targeted treatments. Ehrenreich presents the evidence of numerous studies demonstrating that positive thinking has no effect on survival rates and she provides the sad testimonies of women who have been devastated by what one researcher has called "an additional burden to an already devastated patient".

Pity, for example, the woman who wrote to the mind/body medical guruDeepak Chopra: "Even though I follow the treatments, have come a long way in unburdening myself of toxic feelings, have forgiven everyone, changed my lifestyle to include meditation, prayer, proper diet, exercise and supplements, the cancer keeps coming back. Am I missing a lesson here that it keeps re-occurring? I am positive I am going to beat it, yet it does get harder with each diagnosis to keep a positive attitude."

As Ehrenreich goes on to explain, exhortations to think positively – to see the glass as half-full even when it lies shattered on the floor – are not restricted to the pink-ribbon culture of breast cancer. She roots America's susceptibility to the philosophy of positive thinking in the country's Calvinist past and demonstrates how, in its early days, a puritanical "demand for perpetual effort and self-examination to the point of self-loathing" terrified small children and reduced "formerly healthy adults to a condition of morbid withdrawal, usually marked by physical maladies as well as inner terror".

It was only in the early 19th century that the clouds of Calvinist gloom began to break and a new movement began to grow that would take as fervent a hold as the old one had. It was the joining of two thinkers,Phineas Parkhurst Quimby and Mary Baker Eddy, in the 1860s that brought about the formalisation of a post-Calvinist world-view, known as the New Thought Movement. A new type of God was envisaged who was no longer hostile and indifferent, but an all-powerful spirit whom humans had merely to access to take control of the physical world.

Middle-class women found this new style of thinking, which came to be known as the "laws of attraction", particularly beneficial. They had spent their days shut out from any role other than reclining on a chaise longue, denied any opportunity to strive in the world, but the New Thought approach and its "talking therapy" developed by Quimby opened up exciting new possibilities. Mary Baker Eddy, a beneficiary of the cure, went on to found Christian Science. Ehrenreich notes that although this new style of positive thinking did apparently help invalidism or neurasthenia, it had no effect whatsoever on diseases such as diphtheria, scarlet fever, typhus, tuberculosis and cholera – just as, today, it will not cure cancer.

Thus it was that positive thinking, the assumption that one only has to think a thing or desire it to make it happen, began its rapid rise to influence. Today, as Ehrenreich shows, it has a massive impact on business, religion and the world's economy. She describes visits to motivational speaker conferences where workers who have recently been made redundant and forced to join the short-term contract culture are taught that a "good team player" is by definition "a positive person" who "smiles frequently, does not complain, is not overly critical and gratefully submits to whatever the boss demands". These are people who have less and less power to chart their own futures, but who are given, thanks to positive thinking, "a world-view – a belief system, almost a religion – that claimed they were, in fact, infinitely powerful, if only they could master their own minds."

And none was more susceptible to the lure of this philosophy than those self-styled "masters of the universe", the Wall Street bankers. Those of us raised to believe that saving up, having a deposit and living within one's means were the way to proceed and who wondered how on earth the credit crunch and the subprime disasters could have happened need look no further than the culture that argued that positive thinking would enable anyone to realise their desires. (Or as one of Ehrenreich's chapter headings has it, "God wants you to be rich".)

Ehrenreich's work explains where the cult of individualism began and what a devastating impact it has had on the need for collective responsibility. We must, she says, shake off our capacity for self-absorption and take action against the threats that face us, whether climate change, conflict, feeding the hungry, funding scientific inquiry or education that fosters critical thinking. She is anxious to emphasise that she does "not write in a spirit of sourness or personal disappointment, nor do I have any romantic attachment to suffering as a source of insight or virtue. On the contrary, I would like to see more smiles, more laughter, more hugs, more happiness… and the first step is to recover from the mass delusion that is positive thinking". Her book, it seems to me, is a call for the return of common sense and, I'm afraid, in what purports to be a work of criticism, I can find only positive things to say about it. Damn!

2011, el año que vivimos en peligro


Por Ezequiel Fernández Moores

28 de Diciembre de 2011 - 00:48
Fotos| Sebastián Domenech

En qué momento el fútbol argentino comenzó a cambiar historia por histeria? ¿Cuándo los capos de las barras comenzaron a compartir cámaras con los cracks? ¿Cuándo la épica dejó los campos y se mudó a las tribunas? ¿Cuándo el amor al fútbol devino show? ¿Cuándo la TV nos vendió que teníamos "el campeonato más competitivo" del mundo? ¿Cuándo nos creímos que "lo único" importante era ganar? ¿Cuándo privilegiamos la lucha por sobre el juego? ¿Cuándo los pichones de cracks de clubes vaciados pasaron a ser propiedad de los fondos de inversión? ¿O cuándo Julio Grondona decidió eternizarse en la AFA? Crónicas de todas las épocas suelen lamentar que en la década anterior se jugara mejor. Los recuerdos siempre son más generosos que el presente. Pero 2011, un año sin ningún título internacional para el fútbol argentino, y con River en la B, confirmó un declive de profundidades impensadas, que alcanzó incluso al seleccionado mayor. Se debate sobre posibles cambios de formato de campeonatos para 2012. Pero el problema no es el envase, sino el contenido.

Pocas veces como Barcelona en 2011 un equipo mostró una superioridad tan apabullante sobre el resto. Primero fue el baile a Manchester United en la final de la Liga de Campeones, en mayo. "No pudimos hacer nada para quitarle la pelota. Nada. Nada. ¡Pero nada, ¿eh?! Imposible." Wayne Rooney, el atacante estrella de Manchester, contó también que el día del 5-0 de Barça a Real Madrid en el Camp Nou, en noviembre de 2010, estaba solo en su casa. Y que se levantó del sillón "para aplaudir algo que nunca había visto". Unos días atrás, en apenas una semana, Barcelona dio primero otra paliza a Real Madrid y esa misma noche partió a Japón para dar "una lección" a Santos, como admitió Neymar. El debate argentino sobre Barcelona ahora es brasileño. La goleada a Santos salió de la TV de cable, habitual transmisora de los partidos de Barcelona, y fue vista por millones a través de Globo. "Para quien nunca vio a Barça...", decía Cleber Machado en su relato. "La historia pasó ante nosotros, pero no la historia del fútbol, sino la historia del arte", escribió un comentarista, asombrado tras la exhibición. "Barça: el nuevo Santos de Pelé", tituló otro. Pep Guardiola, DT de Barcelona, un amante de la belleza que lleva 13 títulos en menos de cuatro años, dijo tras la victoria que su equipo, simplemente, se pasó la pelota, "como mi padre me dijo que lo hacían antes los brasileños".

"O maior jogo do mundo", tituló en 1962 un diario de Río de Janeiro la final por la Copa Brasil entre Botafogo y Santos. Había en la cancha ocho titulares y tres suplentes del seleccionado que venía de coronarse en Chile bicampeón mundial. Pelé, Garrincha, Nilton Santos, Zito, Pepe, Amarildo, Zagallo... En esos años, España no jugaba al toque sino a la furia. La década pasó a ser dominada por el Inter de Helenio Herrera y el Milan de Nereo Rocco, símbolos del catenaccio. En la Argentina irrumpió el Estudiantes de Osvaldo Zubeldía. Y Dante Panzeri escribió Fútbol. Dinámica de lo impensado. Se juega bien o se juega mal, pero no hay fútbol "viejo" versus fútbol "moderno", entendía Panzeri en 1967. "Todos nos jugaban a defender, teníamos la pelota 80 minutos. En un partido Lanús defendió con dos líneas de cuatro, dejó sólo uno arriba y ganó con dos goles de contragolpe. Ahora quieren presentar esa actitud como táctica. Y eso siempre se llamó amontonarse", le contó Carlos Peucelle, integrante de La Máquina de River. El Racing de Santander que dirigía hasta su despido Héctor Cúper preparó en octubre pasado una doble muralla ante Barcelona. Guardiola entendió que su habitual sistema de pases podía no servir y eligió atacar con puros gambeteadores. Ganó por 3-0. Antes de la final reciente de Japón, pasó dos días mirando videos de Santos. Pensó que un delantero de punta moriría ante los grandotes del fondo. Decidió atacar con volantes. Ya no fue sólo Messi un falso 9. Thiago fue falso 11. Dani Alves, falso 4; Iniesta, falso 10. Así, casi todos. Si el fútbol es el arte del engaño, Barcelona jugó como nunca al fútbol-total. "¿De qué jugabas?", preguntarán en el futuro a cualquiera de sus jugadores. "De Barcelona", responderán.

Dinámica de lo impensado, reeditado en estos días en España por la editorial Capitán Swing, que volverá a publicarlo en marzo en la Argentina, dice en un pasaje que "para adelantar hay que retroceder. Lo antiguo puede no ser caduco. Lo moderno puede no ser progresista". Cito la frase porque pienso en una imagen del Barcelona 2011. No la de los lujos, ya repetidos y elogiados. Pienso cuando Barcelona, fiel a eso de "retroceder para adelantar", retrasó la pelota al arquero Víctor Valdés en el último clásico. Iban 21 segundos. Tito Vilanova, asistente de Guardiola, ni siquiera tuvo tiempo para sentarse en el banco. Valdés salió mal con los pies y Karim Benzema puso 1-0 arriba a Real Madrid. Los minutos siguientes fueron de pura tensión. Porque el Madrid venía de 15 triunfos seguidos y muchas goleadas, jugaba en casa alentado por más de 80.000 personas y estaba hambriento de venganza. Corrió morbo de fin de ciclo en el Bernabéu. Pero Barcelona no se achicó. Siguió pasándole la pelota a Valdés. Y el arquero siguió arriesgando con los pies, abriendo a los laterales o hacia adelante si algún central quedaba libre. Cualquier hincha argentino lo habría insultado. Barça terminó ganando con baile. Pero elijo esa media hora, hasta el empate de Alexis Sánchez, porque confirmó que el fútbol, además de táctica y técnica, y de cracks y funcionamientos colectivos que pueden ser imposibles de copiar, es también un juego de convicciones. La FIFA condicionó el pase al arquero después del Mundial Italia 90 porque los técnicos lo usaban para perder tiempo. Guardiola lo reinventó para atacar. Cuentan que Pep felicitó a Valdés ante todo el plantel apenas entró al vestuario. "Otro se habría quitado de encima el balón, lo habría tirado largo, pero él siguió igual, porque necesitamos continuidad en el juego. Fue la imagen perfecta que demuestra lo que es este equipo", lo elogió ante la prensa.

El riesgo que asume Barça es la contracara del miedo que domina al fútbol argentino. Guardiola arriesga aun en la comodidad del triunfo. Está siendo "infiel" a su esquema vencedor. Pasó alcruyffista 3-4-3 y, con los fichajes estelares de Cesc y Alexis Sánchez, presentó a Thiago y Cuenca, nuevas joyas de La Masía. Sorprendió a los rivales y nos hace creer que el futuro puede ser aun mejor. Una respuesta al escepticismo de Panzeri, que despreciaba a los entrenadores que querían "organizar la espontaneidad", algo imposible -decía- porque siempre habrá además una "oposición combativa" que buscará "el despojo" de la pelota. "Europa sólo nos vende libros de fútbol", protestaba Panzeri, que murió en 1978. Jamás imaginó que algún día llegaría el Barça de Guardiola. La conmoción en Brasil, "o país do futebol", fue tal que Mano Menezes, DT del seleccionado, emitió un comunicado. Pidió que la derrota de Santos abriera "una discusión más profunda y provechosa sobre los verdaderos problemas del fútbol brasileño". Su equipo nacional había tenido cerca de 70% de posesión de pelota y fallado una decena de clarísimas situaciones de gol cuando Paraguay lo eliminó por penales en la última Copa América. "Ganamos de c...", se sinceró Tata Martino, entonces DT de Paraguay. Minutos antes, la televisión había elogiado su "orden táctico". Fue un torneo que, en líneas generales, premió a los que menos arriesgaron. "Gracias a Dios existe la pelota parada", se exaltó un comentarista tras un gol que llegó de un tiro libre. Seis meses después, con esa misma exaltación, el comentarista saludó el juego de elaboración y riesgo de Barcelona. Cambian convicciones por conveniencias. Como diría Tostão, les gusta la victoria, no el fútbol.

sábado, 24 de diciembre de 2011

20 horas estudiando al Santos

El planteamiento de Guardiola, que pobló de futbolistas el centro del campo para sortear una defensa demasiado recia, fascina al rival y hasta a sus propios jugadores

LUIS MARTÍN- Yokohama -19/12/2011

Ganar lo cura todo, así que del rostro de Guardiola no quedaba nada de la tensión con la que ha vivido esta última semana, ni tampoco del cansancio acumulado por dormir poco y trabajar mucho. Tuvo tiempo de salir a cenar una noche con su pareja, de ver ratos perdidos a sus tres hijos y de cenar la noche del sábado con su hermano Pere y su padre, Valentí. Sin Tito Vilanova a su lado, Guardiola buscó y encontró la colaboración de Unzué, la complicidad de sus amigos Jordi Roure y Aureli Altimira, el apoyo de su inseparable Manel Estiarte -que le abandonó un par de días para acompañar a Villa a Barcelona y volvió porque Pep se lo pidió-, y por supuesto, de Domènech y Planchar, sus analistas, a los que ha hecho trabajar hasta decir basta.

Ayer se sentó delante del ordenador a las ocho de la mañana, comió en 10 minutos y se levantó pasadas las cuatro de la tarde. A las cinco dio la charla, sin vídeo ni montaje alguno de por medio. El técnico solo habló a sus jugadores de la pelota, los espacios y la necesidad de asociarse y ayudarse. Guardiola, que visionó al menos seis partidos del Santos entre la semifinal y la final, unas 20 horas de estudio, explicó que llamó varias veces a Tito Vilanova, al que echaba de menos, según dijo tanto como a Afellay y a Villa en la celebración de anoche.

"El partido lo ha ganado Guardiola con su planteamiento. Se ha visto como nunca la filosofía del Barcelona", asumió Xavi. "La preparación de los partidos es excelente, nosotros solo nos limitamos a llevar a la práctica las consignas del entrenador y es evidente que sabe lo que se hace", añadió el de Terrassa. "Yo ya dije que si me decía que me tirara por la ventana, me tiraría. Almísterhay que seguirle y lo ha vuelto a demostrar con la variación de llenar el centro del campo. Siempre sabe lo que quiere, lo tiene todo estudiado. Nosotros solo tenemos que adaptarnos", añadió Alves, que, como todos, se fue del campo con una camiseta conmemorativa de la victoria, con un "2" a la espalda bajo el lema Bicampeones. "Él nos dice siempre dónde encontraremos los espacios y siempre están donde nos señala. Es increíble", reconoció Cesc. "Es lo que te dice, cómo lo dice, y por qué lo dice. Esa es la clave", terció Iniesta.

Muricy Ramalho, el entrenador del Santos, insistió también en la trascendencia del planteamiento: "El Barça ha inventado un sistema nuevo: el 3-7-0". "Eso solo son números", despejó Guardiola. "Lo que intentamos es que los de delante aprieten, que los de atrás saquen bien la pelota y los del medio controlen y monopolicen. Si perdíamos el control del balón y los jugadores del Santos contactaban con Neymar tendríamos problemas. Todo el mundo ha visto que hemos jugado un gran partido. Tratamos de juntarnos mediante el balón y gracias a la posición conseguimos que la pelota se moviera más que los futbolistas. Nos interesaba pasarnos el balón muy rápido, no que corrieran los jugadores, o sea, lo que ha hecho Brasil toda la vida".

Convencido de que la defensa del Santos era demasiado recia como para fijarla con tres puntas, suprimió el ataque y llenó el centro del campo, dejando atrás a tres centrales, cuatro si contamos que Valdés actúa como el último defensa. "Un día Pep nos dirá que Alves juega de portero y le creeremos", bromeó Piqué.

"Nunca había jugado contra un equipo que jugara así", admitió Ganso, al que Busquets, que recibió los halagos del entrenador, se comió con patatas. Guardiola se negó a personalizar el triunfo en un solo jugador, pero explicó por qué prefirió usar a Thiago antes que a un extremo: "Se ha ganado jugar este partido y, además, va muy bien por alto, así que nos venía bien. Queríamos enganchar mucho a Alves a la banda para abrir el campo y pensamos que Thiago se encontraría al otro lado en muchas situaciones de uno contra uno; y como tiene pase y desborde, porque es muy hábil, decidimos ponerle a él y no a otro".

Thiago es uno de los nueve jugadores formados en la cantera que integraron el equipo titular anoche, un orgullo para Guardiola: "Han crecido en casa. Para jugar de esta manera tiene que haber algo antes. Si juegan así es porque vieron jugar a los de antes; las generaciones nuevas siempre mejoran a las viejas". Y, con una sonrisa de oreja a oreja, después de que todo su empeño y todo su talento hubiera dado resultado, pensó en relajarse: "Ahora, un poco desushiy a celebrarlo".

Négation française contre négation turque

Sans détour | LEMONDE | 23.12.11 | 14h40 • Mis à jour le 23.12.11 | 15h34

par Caroline Fourest (Sans détour)


La proposition de loi visant à sanctionner toute personne niant le "génocide arménien" soulève mille passions et mille questions. Des historiens, comme Pierre Nora, dénoncent une nouvelle dérive dite des "lois mémorielles". Leur inquiétude est justifiée. Il est toujours risqué de voir l'histoire dictée par la loi.

C'est ce qui s'est passé en 2001, lorsque l'Assemblée a tranché un vieux débat en reconnaissant l'existence d'un "génocide arménien". Plus d'1,5 million de morts selon les associations arméniennes et beaucoup d'historiens, à l'issue d'une volonté systématique et planifiée de les exterminer. Un drame contesté par les différents gouvernements turcs. La version turque officielle étant de concéder 500 000 morts, attribués aux aléas de la première guerre mondiale. Les "aléas" ont bon dos. Il est évident que le climat de la première guerre mondiale ne suffit pas àexpliquer l'extermination de presque deux tiers des Arméniens. Même s'il appartient aux historiens d'établir le nombre exact de morts, et surtout le degré de responsabilité des futurs cadres de la République turque. C'est bien ce "péché originel", associé au nationalisme turc, qui rend leur tâche si difficile. Les réactions à la proposition de loi française le démontrent : la Turquie est loin de porter un regard apaisé sur son histoire fondatrice. Qu'il soit islamiste ou laïque, aucun gouvernement n'hésite à brandir le drapeau nationaliste sitôt que l'on prononce le mot "génocide".

>> Lire l'article La Turquie accuse la France d'avoir commis un génocide en Algérie

Le fait que ce jugement émane d'un autre Parlement n'est pas de nature à calmercette fièvre, bien au contraire. Mais comment faire lorsqu'un gouvernement s'acharne à nier un crime commis il y a presque cent ans. Alors que les faits semblent bel et bien correspondre à la notion de "génocide" adoptée par l'Organisation des Nations unies en 1948 ? Sans doute est-ce à la justice internationale de proclamer si l'épuration ethnique visant les Arméniens relève du "génocide". Encore faut-il que la Turquie l'accepte ! Cela permettrait au droit français de pénaliser la négation de crimes reconnus par la communauté internationale, sans avoir à écrire l'histoire de sa propre initiative. Ni à se brouilleravec un autre pays.

DISSOCIER

En attendant, notre droit prévoit déjà de pénaliser la négation du génocide juif commis sous la seconde guerre mondiale. Il est donc difficile de ne pas l'étendre au génocide arménien reconnu par notre Assemblée... Même si cette extension sort des frontières de notre histoire et va devoir entraîner une certaine clarification :dissocier ce qui relève du débat de bonne foi, entre historiens, pour établir la réalité des faits, et ce qui relève de la négation à des fins de propagande haineuse. Les tribunaux ne sont pas au bout de leurs peines.

Quant au gouvernement turc, on lui proposerait bien un marché. Puisque la France envisage de sanctionner ceux qui nient le génocide arménien sur son sol, pourquoi le gouvernement turc ne voterait-il pas une loi pour sanctionner ceux - très nombreux - qui nient le génocide juif (aidé par la police française) sur son sol ? Voilà qui serait plus équilibré, et sans doute très utile.