miércoles, 15 de junio de 2011

Por primera vez le entregaron un DNI argentino a un kelper


15/06/11


Su padre peleó contra los argentinos en 1982. Ayer, participó de un acto con la Presidenta.

En la isla, los que pensaban como él se contaban con los dedos de la mano. No abundan en Malvinas los kelpers que tengan afecto por Argentina. Pero lo de James Peck fue mucho más lejos. Ayer, pudo ratificar ese cariño y se convirtió en el primer isleño en tener un DNI que lo acredita como ciudadano argentino. Y como eso no es algo que ocurra todos los días, fue la presidenta Cristina Fernández quien se lo entregó en persona en la Casa de Gobierno.

Emocionado y orgulloso, con el DNI en la mano, Peck confesó: “Me pasaron muchas cosas por la cabeza, mi vida está acá, con mis chicos y mis amigos”.

James Peck nació en Puerto Argentino en 1968. Es la cuarta generación de kelpers, llegados a la isla desde Norkfolk, al este de Inglaterra. La guerra de Malvinas lo sorprendió con un papá, Terry, combatiendo en la histórica batalla de Monte Longdon, en la que las tropas argentinas fueron destrozadas por las inglesas. Pero a medida que crecía James, cuyo padre era jefe de Policía y espía de los soldados que llegaban de Argentina, comenzó a entender que los odios poco tenían que ver con él. Y que esos “intrusos” de enfrente no eran tan malos como le decían.

Peck, artista plástico, fue ayer uno de los invitados del acto con el que la Presidenta recordó los 29 años del fin de la guerra. Los otros protagonistas fueron los padres de Roberto Fiorito, piloto que murió en combate y con cuyo nombre fue bautizado el helipuerto de la Casa Rosada. “No te preocupes James, los que caen luchando por lo que creen, por lo que defienden y por su bandera merecen honor y recuerdo cualquiera sea el lado del que hayan caído”, dijo Cristina.

La historia de James y la Argentina comenzó de pequeño. Su madre, ya separada, se puso de novia con un empleado de YPF que vivía en la isla hasta antes de la guerra. Después, fue el propio James el que se enamoró de una de las poquísimas argentinas de Puerto Argentino –después del conflicto apenas quedaron unos treinta–.

El año pasado, en un reportaje con Clarín , Peck contó lo que fueron aquellos años de convivencia con el novio argentino de su madre: “Trajo mucha alegría a la casa. Tan acostumbrados a la frialdad de las islas, me acuerdo que eran días festivos, que comíamos pizza, que había reuniones seguidas en la casa”.

Poco a poco, James comenzó a convertirse en una rareza. No sólo tenía simpatía por los “argies”, sino que además había decidido ganarse la vida como artista plástico en un lugar donde no abundan ni argentinos ni galerías de arte. En varios reportajes, James habló de las “represalias” que sufrió en Malvinas por oponerse a la guerra y por sentirse cercano al “enemigo”. Así, James decidió radicarse en Buenos Aires, donde ahora –ya separado– viven también sus dos hijos.

Entonces, el DNI argentino no hizo más que pasar en limpio esa historia con el “continente”.

Andrés Federman, jefe de prensa de la Embajada Británica, le bajó la connotación política al hecho y le dijo a Clarín que “es una decisión individual de James Peck, no podemos tener una postura al respecto. Todos los días hay gente que adopta nacionalidades de otros países”.

Para poder llegar a su DNI, lo primero fue pedir un certificado de nacimiento en la jurisdicción a la que corresponden las Islas Malvinas. Es decir, Tierra del Fuego. La idea de James calzó a la perfección con la política oficial de no desaprovechar ningún resquicio para reclamar por la soberanía argentina. Y James tampoco desaprovechó la oportunidad. Pidió el certificado el 10 de junio, día en que se cumplía un nuevo aniversario de Malvinas. En un trámite súper veloz, la Presidenta se lo entregó ayer.

Gadafi compró drogas sexuales para violaciones masivas, dice el fiscal de la CPI

Fotografía del líder libio Muamar el Gadafi tomada el pasado 11 de abril en su residencia de Bab al Aziziya, en Trípoli, tras una reunión con otros líderes africanos.

Fotografía del líder libio Muamar el Gadafi tomada el pasado 11 de abril en su residencia …

Los investigadores tienen pruebas de que el líder libio Muamar el Gadafi ordenó violaciones masivas y compró cargamentos de drogas sexuales para que las tropas atacaran a las mujeres, aseguró el jefe de fiscales de la Corte Penal Internacional (CPI).

El argentino Luis Moreno Ocampo señaló que podría pedir que se le impute a Gadafi un nuevo cargo de violación masiva de acuerdo con la evidencia recabada. El jefe de fiscales de la CPI está esperando una decisión de los jueces a pocos días de haber presentado su acusación por crímenes de lesa humanidad contra el líder libio.

"Ahora estamos recibiendo información de que Gadafi en persona decidió las violaciones y esto es nuevo", dijo Moreno Ocampo a los periodistas. Agregó que existían informes de cientos de mujeres atacadas en algunas áreas de Libia, que sufre desde hace un mes una sostenida rebelión interna.

El fiscal aseguró que existe evidencia de que autoridades libias compraron medicinas "de tipo Viagra" y se las entregaron a las tropas como parte de una política oficial de violaciones. "Compraron containers para aumentar las posibilidades de violar mujeres", apuntó. "Tuvimos dudas al principio pero ahora estamos más convencidos de que decidió castigar mediante violaciones", afirmó.

"Es muy malo, más allá de los límites, diría yo", agregó Moreno Ocampo. El régimen de Gadafi no era conocido anteriormente por emplear las violaciones como un arma contra los opositores políticos. "La violación es una nueva característica de su represión", apuntó. "Ahora estamos confirmando que hubo una política de violaciones en Libia", agregó.

Fotografía del líder libio Muamar el Gadafi tomada el pasado 11 de abril en su residencia de Bab al Aziziya, en Trípoli, tras una reunión con otros líderes africanos.

miércoles, 1 de junio de 2011

La pena a quedarse ciego de un condenado es firme, según el fiscal de Irán

Por ar/ib | EFElun, 23 may 2011

Teherán, 23 may (EFE).- El fiscal general de Irán y portavoz del Poder Judicial, Gholam Husein Mohseni Ejei, aseguró hoy que la aplicación de la pena contra un hombre condenado a quedarse ciego por desfigurar la cara a una mujer con ácido es definitiva, según afirmó la agencia estatal Irna.

El suceso se remonta a 2004, cuando el joven, de 29 años, arrojó ácido sulfúrico al rostro de su compañera de clase Amaneh, al parecer porque ésta había rechazado sus insistentes propuestas de matrimonio.

En 2008, un tribunal condenó al agresor a recibir diez gotas de la misma sustancia en cada ojo, en aplicación de la antigua ley de las "Ghesas (o ley del talión), que contempla la jurisprudencia islámica iraní.

La pena debe ser aplicada por la propia Amaneh, quien el pasado martes declaró al diario local "Arman" que estaría dispuesta a ceder a cambio de dos millones de euros.

El condenado, que se halla en prisión, reconoció haber cometido el crimen por amor y aseguró que "cuando le pedí la mano me dijo que iba a casarse con otra persona y yo pensé arrojarle el ácido en la cara para que su novio la dejara".

Amaneh viajó hace meses a España para intentar salvar la visión de uno de los ojos, pero los médicos que la atendieron en Barcelona no pudieron evitar que pase la vida entre tinieblas.

"No es una cuestión de venganza. Quiero que sepa qué es lo que estoy sufriendo. Pero también quiero que sirva de ejemplo para que otras chicas no sufran el mismo martirio", explicó entonces la joven a la prensa.

Organizaciones internacionales de derechos humanos como Amnistía Internacional (AI) han instado a no ejecutar una sentencia que considera inhumana y próxima a la tortura. EFE

viernes, 20 de mayo de 2011

Pueblo mexicano se le planta firme al narcotráfico





Enmascarados y armados con rifles, los hombres de este pueblo de montaña hacen guardia junto a barricadas de neumáticos y bolsas de arena, decididos a frenar a leñadores ilegales apoyados por el narcotráfico. Con tal de defender su estilo de vida, libran una batalla inédita contra el reino de terror de los carteles de las drogas de México.


Los indígenas purépecha de este pueblo rodeado de montañas, bosques de pino y zonas de cultivo decidieron hacerse cargo de la seguridad el mes pasado, después de que los leñadores, que según los residentes del lugar están apoyados por secuaces del narcotráfico y por la policía local, mataron a dos lugareños e hirieron a varios más.

"Aquí no hay miedo", declaró un joven con un pañuelo tapándole el rostro y una gorra de béisbol. "Estamos jugando al Goliat contra David porque le estamos haciendo frente al crimen organizado, que no es un elemento menor".

Casi todos los residentes de este pueblo de 16.000 habitantes del estado sudoccidental de Michoacán hablaron con la prensa a condición de no ser identificados por razones de seguridad.

Este tipo de rebeliones son bastante frecuentes en las comunidades indígenas de México, cuyos habitantes exigen mayor autonomía y acusan al gobierno de corrupción y de ignorar sus necesidades. Desde la rebelión zapatista de la década de 1990, muchos pueblos de Chiapas son comunidades casi autónomas, que manejan su propia seguridad.

La rebelión de Cherán es uno de los pocos ejemplos de un pueblo que se levanta contra los carteles desde que el presidente Felipe Calderón lanzó una ofensiva contra el crimen organizado, desatando una ola de violencia en la que murieron al menos 35.000 personas. La mayoría de los mexicanos están demasiado asustados como para hacerle frente al narcotráfico, que ha aterrorizado a la nación con asesinatos en masa y decapitaciones. Algunos pueblos fueron prácticamente abandonados por sus residentes ante la llegada de los narcotraficantes.

El levantamiento hizo que el gobierno nacional enviase soldados y agentes de la policía federal para patrullar los alrededores del pueblo.

La tala ilegal de árboles ha afectado miles de hectáreas y dejado a los purépecha sin madera para sus viviendas, sin medicinas tradicionales y sin poder recolectar resina. Hace menos de dos años, los leñadores comenzaron a aparecerse en caravanas, con individuos armados que los residentes creen pertenecen a La Familia, un cartel de Michoacán.

"La Familia es el grupo que tiene la mayor presencia en la zona. Todo parece indicar que serían ellos, pero no lo podemos afirmar", manifestó David Pena, abogado que ha representado a la comunidad en gestiones ante el gobierno nacional en busca de protección.

Se cree que los leñadores le pagan a elementos del narcotráfico por protección.

Las disputas por los árboles, entre quienes quieren talar indiscriminadamente y quienes dependen de los productos del bosque, han sido una fuente de conflicto en el sudoeste de México por mucho tiempo. El gobierno federal intensificó sus esfuerzos para prevenir la deforestación, realizando redadas y cerrando aserraderos ilegales.

Pero los leñadores se han tornado cada vez más violentos al aliarse con los carteles de las drogas, según Rupert Knox, quien hace investigaciones en México para Amnistía Internacional y ha estudiado la crisis en Cherán.

"La tala ilegal va de la mano con las actividades de las bandas delictivas. Se han metido en ese ámbito y lo controlan con extrema brutalidad y con funcionarios locales corruptos", expresó Knox.

La animosidad estalló en Cherán cuando unos lugareños capturaron a cinco leñadores ilegales que se disponían a llevarse unos árboles el 15 de abril. Dos horas después apareció en el pueblo una caravana de hombres armados para liberar a los detenidos, acompañada por policías de la zona, según Pena y Amnistía Internacional. Un residente recibió un balazo en la cabeza y permanece en estado de coma. Pero los lugareños, mucho más numerosos, lograron ahuyentar a los pistoleros.

En una aparente represalia, los leñadores mataron a tiros a dos habitantes de Cherán e hicieron a otros cuatro que patrullaban el bosque el 27 de abril, de acuerdo con denuncias.

Furiosos, los residentes de Cherán tomaron el cuartel policial y se apoderaron de 18 armas. Levantaron barricadas, con bolsas de arena y neumáticos, cubiertos por carpas. Jóvenes con rifles evitan que la gente salga del pueblo e interrogan a todo aquél que quiere ingresar.

"Queremos paz y seguridad", dice un cartel junto a una barricada.

Se suspendieron las clases en las más de 20 escuelas del pueblo, que atraen alumnos de comunidades vecinas porque se enseña en español y en purépeche. Los menores pasan el tiempo en las barricadas, con los rostros cubiertos por pañuelos, fingiendo que patrullan la zona con armas de plástico.

"Todo está paralizado por temor a que esta organización criminal pudiera atentar contra los niños", declaró un individuo con un pañuelo en el rostro y una gorra negra.

La policía municipal se disolvió. El mayor Roberto Bautista Chapina reportó el robo de armas, pero se mantuvo al margen de las disputas, para no aumentar las tensiones. Dijo que los residentes atacaron al jefe de la estación policial y se llevaron su pistola.

Líderes comunitarios y representantes de la Secretaría del Interior se reunieron el 17 de mayo en la capital estatal de Morelia y acordaron un plan de seguridad a largo plazo, según Pena. El gobierno prometió instalar dos bases afuera del pueblo a las que enviará soldados y policías estatales y federales, que patrullarán la zona y se reunirán semanalmente con líderes comunitarios. Los residentes podrán seguir haciendo tareas de vigilancia dentro del pueblo.

La tala ilegal ha afectado el 80% de las 18.000 hectáreas de árboles que hay en Cherán, indicó Pena.

Cherán lucha por preservar su estilo de vida. Más del 40% de sus residentes emigraron a Estados Unidos, según el gobierno, y las remesas son hoy la principal fuente de ingresos, superior incluso a la agricultura y la venta de resina.

Los lugareños tratan de preservar sus tradiciones. Muchos viven en cabañas de madera con techos de tejas rojas. Las mujeres lucen atuendos tradicionales, incluidas coloridas polleras y blusas.

Los hombres de Cherán dicen que no van a ceder.

"La lucha no es de un mes o de un año. Es de toda la vida", dijo el individuo con la gorra negra. "No creemos que puede haber una solución pronta".

Agregó que espera que otras comunidades se levanten contra el crimen organizado.

"Creemos que es difícil pero no imposible", expresó. "Si en este momento iniciaron aquí en Cherán, talando los montes, pues van a continuar con otras comunidades. Y si no se organizan las comunidades, pues al final van a estar destruyendo todo lo que para nosotros es vida".

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Olson informó desde la Ciudad de México. La reportera de AP Lauren Villagrán colaboró también desde la capital.

domingo, 8 de mayo de 2011

NASA comprueba teoría de la relatividad de Einstein


MÉXICO, D.F., mayo 5 (EL UNIVERSAL).- La misión Gravity Probe B (GP-B) de la Agencia Espacial estadounidense (NASA, por sus siglas en inglés) comprobó dos predicciones de la teoría general de la relatividad de Albert Einstein.

Luego de 50 años de haberse concebido el experimento, la nave que costó 760 millones de dólares, demostró que la gravedad se produce cuando la masa curva el espacio y el tiempo, denominado el efecto geodésico, así como el efecto de torsión por arrastre que indica la torsión que se produce en el espacio-tiempo debido a la rotación de los cuerpos.

"GP-B determinó ambos efectos con una precisión que no se esperaba al apuntar a la estrella IM Pegasi, mientras orbitaba a la Tierra. Si la gravedad no afectara al espacio y al tiempo, los giroscopios del GP-B se hubieran dirigido a la misma dirección sin importar en que sitio de la órbita se encontrara. Pero se confirmaron las teorías de Einstein, los giroscopios lograron medir los cambios en la dirección de su rotación mientras la gravedad de la Tierra los empujaba", publicó en su portal la NASA.

"Imaginen a la Tierra como si estuviera inmersa en miel. Conforme el planeta rota, la miel alrededor de él se arremolinaría, esto es lo mismo que pasa con el espacio y el tiempo. El GP-B confirmó dos de las más importantes predicciones que hizo Einstein sobre el Universo e impactarán en la investigación futura de la astrofísica, de la misma forma como ha aportado a la ciencia las innovaciones tecnológicas detrás de la misión que van de la tecnología GPS a la mejora de los aparatos de satélites terrestres", dijo Francis Everitt, investigador principal del proyecto GP-B de la Universidad de Stanford.

¿Cómo lo logró?

El Gravity Probe B cuenta con cuatro giroscopios. Un giroscopio es una rueda o una parte mecánica de un aparato circular que gira en torno a un eje que pasa por su centro y que, una vez iniciado el movimiento, tiende a resistir los cambios en su orientación.

Los giroscopios del GP-B seguían el movimiento de la Tierra, a la vez que comparaban la alineación de sus ejes de rotación con la dirección a la estrella IM Pegasi, que servía de referencia.

Cuando la sonda se encontró en la órbita polar ocurrió el efecto geodésico pues se movieron dos ejes de norte al sur, así como el efecto de torsión al moverse de este a oeste.

Los giroscopios giran a cinco mil revoluciones por minuto y están construidos por cuarzo. Su tamaño es el de pelotas de ping pong cubiertas con superconductores de niobio para producir un campo magnético a lo largo de sus ejes.

Sin embargo, existen imperfecciones electrostáticas en los giroscopios, a pesar de la perfección esférica de éstos, por lo que los científicos pasaron cinco años en hacer los ajustes necesarios para obtener los datos que buscaban, publicó la revista científica Science.

Debido a esto, algunos científicos desconfían de que las correcciones se hayan hecho apropiadamente, pues lo consideran como un error sistemático que afecta por completo al experimento.

Los resultados del GP-B se publicaran en la edición online del Journal Physical Review Letters.

MARLEY & DIEZ MAS

Un caño

El miércoles se cumple el 30° aniversario de la muerte de Bob Marley, fana del fútbol y jugador de alto vuelo. Se lesionó jugando y de la herida brotó un cáncer que lo mató. Hoy, es leyenda.




Mariano Murphy mmurphy@ole.com.ar - Andrés Bernoldi abernoldi@ole.com.ar

/| 08-05-2011

Cuando Bob Marley murió a los 36 años, fue enterrado con unos brotes de cannabis, su guitarra Gibson Les Paul, la biblia del movimiento rasta y una pelota. Cosa de fumón: el tipo que no hizo ni una sola mención al fútbol en sus canciones, el tipo que nunca hubiera pasado un control antidoping, el tipo que nació en un país que figura arriba en los rankings de pobreza y abajo en los rankings FIFA, fue un fanático del fútbol.

El libro “Bob Marley: Songs of Freedom” cuenta que durante las grabaciones, y hasta en los instantes previos a los conciertos, Marley descargaba tensiones jugando a la pelota. Con su banda, The Wailers, solía armar porros y fulbitos en los hoteles. Era tan fanático que el micro que lo transportaba en las giras estaba equipado con una tele para ver los partidos. Incluso, tuvo de manager a una de las máximas glorias del fútbol jamaiquino: Alan Skill Cole. Cole fue el primer hombre nacido en la isla que jugó en Brasil, cuando firmó para el Náutico en los 70. En julio de 2007, estuvo preso por tenencia (no tenencia de pelota, sino de marihuana). Hoy, a los 60 años, le cuenta a Olé : “A Bob le gustaba ser centrodelantero o volante creativo. Una vez jugamos juntos en el National Stadium de Jamaica y para él fue cumplir un sueño. Incluso en la entrada del estadio se levantó una estatua en su honor”.

One love.

El Boys Town FC es un club de Jamaica. Camiseta roja. Futuro negro. Está en una de las zonas más marginales de la capital. Tiene tres títulos de la Liga local, apenas una tribunita en su estadio y 75 seguidores en Facebook. Bob Marley fue hincha de este club ubicado en Trenchtown. Allí se crió entre chicos que antes que ser futbolistas sueñan con ser atletas olímpicos como Usain Bolt o, al menos, con correr más rápido que la Policía. Sin embargo, él creció persiguiendo una número cinco. ¿Cómo puede ser que en un país como Jamaica, donde el fútbol es semiprofesional, le hubiera gustado tanto este deporte? “Será por los genes de mi padre”, solía decir. Claro, su padre fue un capitán de navío inglés. Se llamaba Norval Sinclair Marley y tenía 50 años cuando dejó embarazada a Cedella, una joven negra de 18. La relación duró menos que un faso en las manos del joven Bob. Así, creció sin papá, en un ghetto, rodeado de miseria. Sus biografías cuentan que cuando no estaba trompeándose en las calles, jugaba a la pelota o cantaba. “No sé qué le gustaba más, si la música o el fútbol”, dijo alguna vez Carl Brown, ex integrante de la selección jamaiquina entre los años 70 y 80.

Alan Skill Cole, por su parte, cuenta que Marley fue un admirador del fútbol brasileño y que Pelé fue su gran ídolo. Es que su muerte en 1981 lo privó de ver a ese otro artista que barrió con la música de su tiempo: el Diego. ¿Cuántas paredes hubieran tirado estos dos volantes creativos? ¿Cuántos barriletes cósmicos hubieran remontado? Reggae y regate.

No hay dudas: como al propio Diego, a Marley también le hubieran cortado las piernas en un antidoping: la mayor parte de su vida la pasó fumando marihuana. La otra, la dedicó nada menos que a revolucionar la música. Entre tanto, tuvo tiempo para hacerse los dreadlocks, abrazar la religión rastafari y abrazar una infinidad de mujeres: desde su esposa oficial, la jamaiquina Rita Anderson, hasta la Miss Mundo Cindy Breakspeare, pasando por la campeona caribeña de ping pong, Anita Bellnavis. Y tanto amor desparramó que tuvo hijos como para armar un picadito de fútbol: 14. Todo en Marley es así, desaforado: mujeres, hijos, hits, goles. Ahí están One love, No woman no cry, Redemption song y tantos otros himnos. Ahí está el gol que hace en Brasil. Es 1980. El cantante visita Río de Janeiro. Las crónicas del viaje cuentan que, alojado en el Copacabana Place, lo primero que quiere conocer de la Cidade Maravillosa es la favela Rocinha. También recorre las casas de deportes. Busca camisetas de fútbol, pero la camiseta con la que siempre soñó la consigue en un picadito. Se juega en lo del cantautor brasileño Chico Buarque. Marley integra el equipo con Junior Marvin (guitarrista de The Wailers), el cantante brasileño Toquinho, el propio Buarque, Jacob Miller (otro exponente del reggae que fallecería días después) y Paulo César Cajú, integrante del Brasil campeón en México 70. Lindo equipito para tocar. En la cancha y sobre el escenario. Marley hace un gol. Ganan 3-0. Al final, Cajú le regala la 10 del Santos, la de Pelé. O’ Rei.

I Shot de Sheriff.

Marley gambetea en la cancha y gambetea a la muerte. Son los 70. El jamaiquino ya dejó de ser un negrito de melena llamativa para convertirse en alguien peligroso. No es un rockstar egocéntrico pasado de alcohol y de crack. Es algo peor: un mestizo tercermundista que habla de paz y de liberación. Y a los muchachos de la CIA se les atragantan las rosquillas. Así, lo incluyen en su lista de mala fe: pasa a ser vigilado, considerado un factor desestabilizador en todo el Caribe. En 1976, a dos días de dar un recital por la paz, le declaran la guerra: sufre un atentado en su casa de Jamaica. La balacera le peina las rastas. Poco le importa. Igual sube al escenario y ante 80 mil personas levanta su remera para mostrar las heridas. Y se ríe. Se ríe mucho. Que la sigan fumando.

Get Up, Stand Up.

Paradójico, es jugando al fútbol que Marley no podrá gambetear a la muerte. Todo comienza en abril del 77. En Inglaterra. Durante un partido le pisan el dedo gordo del pie derecho. El dedo le queda destrozado. Los médicos le detectan una forma de melanoma maligno. Le aconsejan que ese dedo debe ser amputado. Marley se niega. Tres años después, el 20 septiembre de 1980, visita Nueva York. Ya es el rey. Vive en el hotel Essex House al Sur del Central Park. El tipo que dormía en un ghetto despierta en la cima del mundo. Y una mañana sale a correr. Pero cae al suelo, desplomado. El cáncer ha avanzado al cerebro, pulmones, hígado. Le dan un mes de vida. No más. Consumido, viaja a Alemania a hacerse atender por un ex médico de la SS. Mejora. Le crece el pelo y hasta vuelve a jugar. Al tiempo cae otra vez. Ya no habrá recuperación. Sólo un deseo: morir en Jamaica. Se toma un avión, pero está grave y en Miami lo atienden de urgencia. Al morir allí, en el hospital Cedar Sinai hace 30 años (se cumplen el 11 de mayo), Marley deja la más maravillosa obra del reggae y a nueve mujeres disputándose su herencia. Entre el desconcierto, los llantos y la primicia mundial, es llevado a Jamaica. La multitud más grande en la historia del Caribe acompaña el cuerpo. Hoy descansa ahí con una pelota. Cosa de genio.

By Tim Fernholz and Jim Tankersley
National Journal

The most expensive public enemy in American history died Sunday from two bullets.

As we mark Osama bin Laden's death, what's striking is how much he cost our nation—and how little we've gained from our fight against him. By conservative estimates, bin Laden cost the United States at least $3 trillion over the past 15 years, counting the disruptions he wrought on the domestic economy, the wars and heightened security triggered by the terrorist attacks he engineered, and the direct efforts to hunt him down.

What do we have to show for that tab? Two wars that continue to occupy 150,000 troops and tie up a quarter of our defense budget; a bloated homeland-security apparatus that has at times pushed the bounds of civil liberty; soaring oil prices partially attributable to the global war on bin Laden's terrorist network; and a chunk of our mounting national debt, which threatens to hobble the economy unless lawmakers compromise on an unprecedented deficit-reduction deal.

All of that has not given us, at least not yet, anything close to the social or economic advancements produced by the battles against America's costliest past enemies. Defeating the Confederate army brought the end of slavery and a wave of standardization—in railroad gauges and shoe sizes, for example—that paved the way for a truly national economy. Vanquishing Adolf Hitler ended the Great Depression and ushered in a period of booming prosperity and hegemony. Even the massive military escalation that marked the Cold War standoff against Joseph Stalin and his Russian successors produced landmark technological breakthroughs that revolutionized the economy.

Perhaps the biggest economic silver lining from our bin Laden spending, if there is one, is the accelerated development of unmanned aircraft. That's our $3 trillion windfall, so far: Predator drones. "We have spent a huge amount of money which has not had much effect on the strengthening of our military, and has had a very weak impact on our economy," says Linda Bilmes, a lecturer at Harvard University's John F. Kennedy School of Government who coauthored a book on the costs of the Iraq and Afghanistan wars with Nobel Prize-winning economist Joseph Stiglitz.

(TIMELINE: Obama's big secret. When he knew about bin Laden (and we didn't)

Certainly, in the course of the fight against bin Laden, the United States escaped another truly catastrophic attack on our soil. Al-Qaida, though not destroyed, has been badly hobbled. "We proved that we value our security enough to incur some pretty substantial economic costs en route to protecting it," says Michael O'Hanlon, a national-security analyst at the Brookings Institution.

But that willingness may have given bin Laden exactly what he wanted. While the terrorist leader began his war against the United States believing it to be a "paper tiger" that would not fight, by 2004 he had already shifted his strategic aims, explicitly comparing the U.S. fight to the Afghan incursion that helped bankrupt the Soviet Union during the Cold War. "We are continuing this policy in bleeding America to the point of bankruptcy," bin Laden said in a taped statement. Only the smallest sign of al-Qaida would "make generals race there to cause America to suffer human, economic, and political losses without their achieving anything of note other than some benefits for their private corporations." Considering that we've spent one-fifth of a year's gross domestic product—more than the entire 2008 budget of the United States government—responding to his 2001 attacks, he may have been onto something.

THE SCORECARD

Other enemies throughout history have extracted higher gross costs, in blood and in treasure, from the United States. The Civil War and World War II produced higher casualties and consumed larger shares of our economic output. As an economic burden, the Civil War was America's worst cataclysm relative to the size of the economy. The nonpartisan Congressional Research Service estimates that the Union and Confederate armies combined to spend $80 million, in today's dollars, fighting each other. That number might seem low, but economic historians who study the war say the total financial cost was exponentially higher: more like $280 billion in today's dollars when you factor in disruptions to trade and capital flows, along with the killing of 3 to 4 percent of the population. The war "cost about double the gross national product of the United States in 1860," says John Majewski, who chairs the history department at the University of California (Santa Barbara). "From that perspective, the war on terror isn't going to compare."

On the other hand, these earlier conflicts—for all their human cost—also furnished major benefits to the U.S. economy. After entering the Civil War as a loose collection of regional economies, America emerged with the foundation for truly national commerce; the first standardized railroad system sprouted from coast to coast, carrying goods across the union; and textile mills began migrating from the Northeast to the South in search of cheaper labor, including former slaves who had joined the workforce. The fighting itself sped up the mechanization of American agriculture: As farmers flocked to the battlefield, the workers left behind adopted new technologies to keep harvests rolling in with less labor.

(UPDATED: New pictures from bin Laden's Pakistani hideout)

World War II defense spending cost $4.4 trillion. At its peak, it sucked up nearly 40 percent of GDP, according to the Congressional Research Service. It was an unprecedented national mobilization, says Chris Hellman, a defense budget analyst at the National Priorities Project. One in 10 Americans—some 12 million people—donned a uniform during the war.

But the payoff was immense. The war machine that revved up to defeat Germany and Japan powered the U.S. out of the Great Depression and into an unparalleled stretch of postwar growth. Jet engines and nuclear power spread into everyday lives. A new global economic order—forged at Bretton Woods, N.H., by the Allies in the waning days of the war—opened a floodgate of benefits through international trade. Returning soldiers dramatically improved the nation's skills and education level, thanks to the GI Bill, and they produced a baby boom that would vastly expand the workforce.

U.S. military spending totaled nearly $19 trillion throughout the four-plus decades of Cold War that ensued, as the nation escalated an arms race with the Soviet Union. Such a huge infusion of cash for weapons research spilled over to revolutionize civilian life, yielding quantum leaps in supercomputing and satellite technology, not to mention the advent of the Internet.

Unlike any of those conflicts, the wars we are fighting today were kick-started by a single man. While it is hard to imagine World War II without Hitler, that conflict pitted nations against each other. (Anyway, much of the cost to the United States came from the war in the Pacific.) And it's absurd to pin the Civil War, World War I, or the Cold War on any single individual. Bin Laden's mystique (and his place on the FBI's most-wanted list) made him—and the wars he drew us into—unique.

By any measure, bin Laden inflicted a steep toll on America. His 1998 bombing of U.S. embassies in Africa caused Washington to quadruple spending on diplomatic security worldwide the following year—and to expand it from $172 million to $2.2 billion over the next decade. The 2000 bombing of the USS Cole caused $250 million in damages.

(FALLOUT: U.S. Pakistani relations strained like never before)

Al-Qaida's assault against the United States on September 11, 2001, was the highest-priced disaster in U.S. history. Economists estimate that the combined attacks cost the economy $50 billion to $100 billion in lost activity and growth, or about 0.5 percent to 1 percent of GDP, and caused about $25 billion in property damage. The stock market plunged and was still down nearly 13 percentage points a year later, although it has more than made up the value since.

The greater expense we can attribute to bin Laden comes from policymakers' response to 9/11. The invasion of Afghanistan was clearly a reaction to al-Qaida's attacks. It is unlikely that the Bush administration would have invaded Iraq if 9/11 had not ushered in a debate about Islamic extremism and weapons of mass destruction. Those two wars grew into a comprehensive counterinsurgency campaign that cost $1.4 trillion in the past decade—and will cost hundreds of billions more. The government borrowed the money for those wars, adding hundreds of billions in interest charges to the U.S. debt.

Spending on Iraq and Afghanistan peaked at 4.8 percent of GDP in 2008, nowhere near the level of economic mobilization in some past conflicts but still more than the entire federal deficit that year. "It's a much more verdant, prosperous, peaceful world than it was 60 years ago," and nations spend proportionally far less on their militaries today, says S. Brock Blomberg, a professor at Claremont McKenna College in California who specializes in the economics of terrorism. "So as bad as bin Laden is, he's not nearly as bad as Hitler, Mussolini, [and] the rest of them."

Yet bin Laden produced a ripple effect. The Iraq and Afghanistan wars have created a world in which even non-war-related defense spending has grown by 50 percent since 2001. As the U.S. military adopted counterinsurgency doctrine to fight guerrilla wars, it also continued to increase its ability to fight conventional battles, boosting spending for weapons from national-missile defense and fighter jets to tanks and long-range bombers. Then there were large spending increases following the overhaul of America's intelligence agencies and homeland-security programs. Those transformations cost at least another $1 trillion, if not more, budget analysts say, though the exact cost is still unknown. Because much of that spending is classified or spread among agencies with multiple missions, a breakdown is nearly impossible.

It's similarly difficult to assess the opportunity cost of the post-9/11 wars—the kinds of productive investments of fiscal and human resources that we might have made had we not been focused on combating terrorism through counterinsurgency. Blomberg says that the response to the attacks has essentially wiped out the "peace dividend" that the United States began to reap when the Cold War ended. After a decade of buying fewer guns and more butter, we suddenly ramped up our gun spending again, with borrowed money.

The price of the war-fighting and security responses to bin Laden account for more than 15 percent of the national debt incurred in the last decade—a debt that is changing the way our military leaders perceive risk. "Our national debt is our biggest national-security threat," Adm. Mike Mullen, chairman of the Joint Chiefs of Staff, told reporters last June.

All of those costs, totaled together, reach at least $3 trillion. And that's just the cautious estimate. Stiglitz and Bilmes believe that the Iraq conflict alone cost that much. They peg the total economic costs of both wars at $4 trillion to $6 trillion, Bilmes says. That includes fallout from the sharp increase in oil prices since 2003, which is largely attributable to growing demand from developing countries and current unrest in the Middle East but was also spurred in some part by the Iraq and Afghanistan conflicts. Bilmes and Stiglitz also count part of the 2008 financial crisis among the costs, theorizing that oil price hikes injected liquidity in global economies battling slowdowns in growth—and that helped push up housing prices and contributed to the bubble.

Most important, the fight against bin Laden has not produced the benefits that accompanied previous conflicts. The military escalation of the past 10 years did not stimulate the economy as the war effort did in the 1940s—with the exception of a few large defense contractors—in large part because today's operations spend far less on soldiers and far more on fuel. Meanwhile, our national-security spending no longer drives innovation. The experts who spoke with National Journal could name only a few advancements spawned by the fight against bin Laden, including Predator drones and improved backup systems to protect information technology from a terrorist attack or other disaster. "The spin-off effects of military technology were demonstrably more apparent in the '40s and '50s and '60s," says Gordon Adams, a national-security expert at American Univeristy.

Another reason that so little economic benefit has come from this war is that it has produced less—not more—stability around the world. Stable countries, with functioning markets governed by the rule of law, make better trading partners; it's easier to start a business, or tap national resources, or develop new products in times of tranquility than in times of strife. "If you can successfully pursue a military campaign and bring stability at the end of it, there is an economic benefit," says economic historian Joshua Goldstein of the University of Massachusetts. "If we stabilized Libya, that would have an economic benefit."

Even the psychological boost from bin Laden's death seems muted by historical standards. Imagine the emancipation of the slaves. Victory over the Axis powers gave Americans a sense of euphoria and limitless possibility. O'Hanlon says, "I take no great satisfaction in his death because I'm still amazed at the devastation and how high a burden he placed on us." It is "more like a relief than a joy that I feel." Majewski adds, "Even in a conflict like the Civil War or World War II, there's a sense of tragedy but of triumph, too. But the war on terror … it's hard to see what we get out of it, technologically or institutionally."

BIN LADEN'S LEGACY

What we are left with, after bin Laden, is a lingering bill that was exacerbated by decisions made in a decade-long campaign against him. We borrowed money to finance the war on terrorism rather than diverting other national-security funding or raising taxes. We expanded combat operations to Iraq before stabilizing Afghanistan, which in turn led to the recent reescalation of the American commitment there. We tolerated an unsupervised national-security apparatus, allowing it to grow so inefficient that, as The Washington Post reported in a major investigation last year, 1,271 different government institutions are charged with counterterrorism missions (51 alone track terrorism financing), which produce some 50,000 intelligence reports each year, many of which are simply not read.

We have also shelled out billions of dollars in reconstruction funding and walking-around money for soldiers, with little idea of whether it has even helped foreigners, much less the United States; independent investigations suggest as much as $23 billion is unaccounted for in Iraq alone. "We can't account for where any of it goes—that's the great tragedy in all of this," Hellman says. "The Pentagon cannot now and has never passed an audit—and, to me, that's just criminal."

It's worth repeating that the actual cost of bin Laden's September 11 attacks was between $50 billion and $100 billion. That number could have been higher, says Adam Rose, coordinator for economics at the University of Southern California's National Center for Risk and Economic Analysis of Terrorism Events, but for the resilience of the U.S. economy and the quick response of policymakers to inject liquidity and stimulate consumer spending. But the cost could also have been much lower, he says, if consumers hadn't paid a fear premium—shying away from air travel and tourism in the aftermath of the attacks. "Ironically," he says, "we as Americans had more to do with the bottom-line outcome than the terrorist attack itself, on both the positive side and the negative side."

The same is true of the nation's decision, for so many reasons, to spend at least $3 trillion responding to bin Laden's attacks. More than actual security, we bought a sense of action in the face of what felt like an existential threat. We staved off another attack on domestic soil. Our debt load was creeping up already, thanks to the early waves stages of baby-boomer retirements, but we also hastened a fiscal mess that has begun, in time, to fulfill bin Laden's vision of a bankrupt America. If left unchecked, our current rate of deficit spending would add $9 trillion to the national debt over the next decade. That's three Osamas, right there.

Although Bin Laden is buried in the sea, other Islamist extremists are already vying to take his place. In time, new enemies, foreign and domestic, will rise to challenge America. What they will cost us, far more than we realize, is our choice.

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